domingo, 5 de octubre de 2008

Ensayo: Crítica al concepto de utopía en Ortega y Gasset

La doctrina del punto de vista que elabora Ortega en El tema de nuestro tiempo, puede resumirse como sigue: “desde distintos puntos de vista, dos hombres miran el mismo paisaje. Sin embargo, no ven lo mismo[1]”. Esta doctrina del punto de vista nace de la contraposición que establece el filósofo entre cultura y vida, incluida también en la misma obra. A la sazón, vincula al mismo tiempo, cultura con racionalismo, y vida con relativismo. En el intento de salvar la cultura – en la que se incardina la verdad – el racionalismo niega todo sentido a la vida. Por el contrario, el relativismo, depotenciando el valor objetivo de la verdad racional, de la cultura, abre las vías necesarias para que la vida – de cada época o pueblo – se desarrolle y promueva sus más diversas capacidades. Esta escisión entre cultura y vida no es taxativa, dado que Ortega la contempla como un paso más en el desarrollo de la construcción de un proyecto filosófico en el que ambas dimensiones al fundirse, desaparezcan, para que ninguna de ellas se sobreponga a la otra. Esta doctrina nos habla de una razón vital, del raciovitalismo, en la que la historia de cada individuo o pueblo, se asienta sobre una situación histórica determinada sobre la que cabe racionalizar, pero siempre desde un punto de vista vital. Vida y razón, aúnan sus fuerzas para dar sentido a la historia, pero será el quehacer cotidiano de los hombres, en su siendo y desiendo diario, el que salvaguarde la verdad a la altura de su tiempo al través de una circunstancia que deberá ser continuamente descollada y en ocasiones, salvada. Toda circunstancia, es punto de vista de cada hombre, que es por sí mismo verdadero, pero en sentido estricto falso. No existe pues El punto de vista, sino multitud de perspectivas sobre una única realidad que como dice Ortega, no tiene una fisonomía propia, sino que es perspectivada, dado que el punto de vista absoluto no puede existir nada más que incluyendo todas las infinitas perspectivas. Descarta así pues, cualquier tipo de utopía ya que “el utopista – y esto ha sido en esencia el racionalismo – […] es el hombre que no se conserva fiel a su punto de vista, que deserta de su puesto”2. La expresión “de su puesto”, no quiere decir otra cosa que “de su circunstancia”. Aquel, según Ortega, que abandonando su ocupación en el mundo transforma su perspectiva en La perspectiva, se pone a sí mismo en una situación en la que tendría la misma visión que Dios (el que ve desde todos los puntos de vista). Considera Ortega que la visión realizada desde un no-lugar, es una visión falsa, una visión definitiva pero carente de dimensión histórica, perspectivista y vital. No puede ser perspectivista, puesto que la perspectiva siempre se orienta desde una circunstancia, y esta a la vez se halla en un lugar, en una situación histórica y vital. Sin embargo, la utopía no cumple, en esencia, con este requisito. La razón pura debe localizarse, debe ser por tanto, puro movimiento, pura vitalidad para que adquiera fuerza de transformación: “La verdad integral sólo se obtiene articulando lo que el prójimo ve con lo que yo veo; y así sucesivamente. Cada individuo es un punto de vista esencial3.

Llegados a este punto, entremos en el caletre de este ensayo, que no es otro que el uso conceptual que hace Ortega del término “utopía”.

Según el artículo “Ni revolución, ni represión” publicado el 26 de marzo de 1919 en el periódico El Sol, podemos entender que toda utopía o intento de transformar el todo social, ha requerido siempre en España el uso de la fuerza, de una revolución, por ello “es imprescindible que unos y otros (clases conservadoras y clases obreras), todos por igual, sientan llegar una hora nacional de amplia justicia, de gran comprensión y de equitativa coparticipación en el placer y en la dicha de la vida […] Y conste que nos parece igualmente revolucionaria la masa alzada en rebeldía, que el poder erigido en violento aniquilador de movimientos ciudadanos por medio de represiones sangrientas”4. Y ello porque la pretensión de establecer una sociedad ideal aquí y ahora, desde un supuesto no lugar que se toma por La perspectiva, esto es, deslocalizada y por ende vacía de circunstancia, necesita – según el filósofo – de la violencia. Pero obsérvese que para el filósofo, la defensa del poder por parte de quien lo detenta a través de la represión, o lo que es lo mismo, mediante el sofocamiento de los deseos de justicia de la muchedumbre obrera, es equiparable, a la pretensión de la clase trabajadora de mejorar su situación social, moral y económica. Y todo ello porque según Ortega, ambas instancias contrapuestas, han hecho de su circunstancia, La circunstancia a salvar. Y en este empeño, tanto la una como la otra, pasan a la acción revolucionaria. Así pues, para el poder, la represión es una forma de revolución, y para la masa trabajadora, el deseo de salir de la injusticia en la que se hallan a través de la acción social, también es revolución.

Mas la cuestión puede ser desmembrada si cabe aún más. Tanto la clase conservadora que ostenta el poder, como la clase trabajadora que quiere emerger de su represión, poseen su propia utopía. La de los unos consiste en mantener el status quo, la de los otros, una sociedad más justa. Sin embargo, para el filósofo, ambas utopías son falsas, por creer que su punto de vista es definitivo, abandonando previamente su circunstancia. ¿Puede sostenerse esta conmensurabilidad de utopías? Ya hemos visto que la solución de Ortega es el diálogo, la comprensión y la coparticipación en el destino común. Pero el meollo de la cuestión que nos ocupa es saber si la utopía trabajadora y la utopía conservadora están al mismo nivel moral, y si puede entenderse como revolucionaria la defensa que el poder conservador hace de su situación.

Considero que, en realidad, la clase mandataria ya está en la utopía, en su utopía, con lo que no puede existir en esta clase eso a lo que Ortega llama la revolución de la clase conservadora, dado que su margen de acción respecto a su utopía sólo puede ser cautelosa, esto es, conservarla. Por el contrario, la clase trabajadora ansía el cambio social y para ello cuenta con su utopía, con un conjunto de ideas – a las que Ortega denomina ocurrencias - que aparecen como renovadoras y con las que se pretende transformar la realidad social promoviendo la justicia y la solidaridad. Haciendo uso de la distinción orteguiana entre ideas (con las que contamos) y creencias (en las que estamos), el poder político conservador que se ve cuestionado por la masa trabajadora, ve cuestionado al mismo tiempo sus creencias – que son en definitiva ideas que han sido asimiladas por la conciencia, y que con el tiempo operamos con ellas de forma inconsciente - que pasan a ser consideradas como inservibles para el desarrollo de la vida: “El tema de nuestro tiempo consiste en someter la razón a la vitalidad, localizarla dentro de lo biológico, supeditarla a lo espontáneo. Dentro de pocos años parecerá absurdo que se haya exigido a la vida ponerse al servicio de la cultura. La misión del tiempo nuevo es precisamente convertir la relación y mostrar que es la cultura, la razón, el arte, la ética quienes han de servir a la vida”5. La clase trabajadora – cuando está sometida por la injusticia – habla desde el sentimiento, desde el mal moral. Como señala Ortega en El tema de nuestro tiempo, el hombre posee una dimensión cultural y otra vital, las cuales están gobernadas por su correspondiente imperativo. La dimensión vital del hombre posee tres formas de imperativo (al igual que la dimensión cultural, pero con diferentes mandatos): el imperativo vital del pensamiento, de la voluntad y del sentimiento. Desde el punto de vista del pensamiento, el imperativo manda sinceridad, desde el imperativo de la voluntad, manda impetuosidad y desde el imperativo del sentimiento, manda deleite. Tiene razón aquí el filósofo. La voz trabajadora, si es explotada, desde el punto de vista del pensamiento, no hace de su circunstancia La verdad – como lo haría el imperativo cultural desde el mismo punto de vista -, únicamente denuncia lo que le pasa. Es ante todo una denuncia sincera. Su utopía consistirá pues, nada más que en el abandono de su paupérrima circunstancia, no tanto en la instauración de una verdad. Supone un cambio de perspectiva. Salvar su circunstancia es salvarse a sí mismo como hombre en un sentido pleno. Para la burguesía, salvar su circunstancia consiste en perseverar sobre la misma perspectiva, perseverar sobre el error, porque ésta, la burguesía, sí que toma su punto de vista como El verdadero y en esto, sólo en esto – como vimos anteriormente - consiste para Ortega la falsedad de la utopía.

Sin embargo, pese a que las palabras de Ortega podrían dejar ver un resquicio a la utopía, encontramos que en España invertebrada se dice que “desde el punto de vista “ético” o “jurídico” no se puede construir el ideal de una sociedad […] Con la moral y el derecho solos no se llega ni siquiera a asegurar que nuestra utopía social sea plenamente justa”6.

Según Ortega, antes de establecer el esquema de lo que será una sociedad ideal, debe hacerse examen de lo que la sociedad es. Así, podrá hablarse del deber ser con propiedad. ¿No basta entonces con contemplar los síntomas de explotación laboral, para hacerse una idea de lo que la sociedad no sólo debiera ser, sino también cómo no debiera ser? Entiendo que el filósofo fue consciente de esta problemática, pero su obstinación por pensar que toda utopía es revolucionaria, y que toda revolución es ejercida con violencia, le impidieron expresarse con absoluta contundencia. La utopía puede ser revolucionaria sin ser violenta por ello, en tanto que se utiliza como instancia critica. Además, no toda utopía es total, esto es, no caigamos en el error de pensar que toda utopía es del tipo a la que proyectó el humanista Tomás Moro en su obra Utopía (que inauguró el término) Existen utopías en este sentido parciales, en las que se imagina la sociedad actual, mas sin todas sus injusticias sociales.

Acabo con unas palabras de José Ferrater Mora, que dicen mucho de lo expuesto en estas líneas: “No todos los autores […] han creído que la sociedad utópica descrita en cada caso es realizable. Pero les ha movido a menudo el deseo de criticar la sociedad de su época y el proponer reformas, que son cumplidas en la sociedad utópica. Desde este punto de vista, las utopías son revolucionarias”7.

Fernando Carmona Díaz.

En Villanueva de la Serena a 20 de agosto de 2006.



[1] J. Ortega y Gasset: El tema de nuestro tiempo. Obras Completas. Tomo III. Pág. 613. Ed. Taurus, 2005.

2 Ibíd. Pág. 614.

3 Ibíd. Pág. 616.

4 J. Ortega y Gasset: Obras Completas, “Ni revolución, ni Represión”. Tomo III. Pág. 217.Ed. Taurus, 2005.

5 J. Ortega y Gasset: “El tema de nuestro tiempo” en Obras completas. Pág.593. Ed. Taurus, 2005.

6 J. Ortega y Gasset: España invertebrada en Obras completas. Pág. 487-488. Ed. Taurus, 2005.

7 J. Ferrater Mora: Diccionario de Filosofía. Utopía. Pág. 3623. Ed. Ariel Referencia, 2001.

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