¿Ética sin metafísica? Una interpretación filosófica sobre el papel de la literatura.
1. Introducción.
Volver al lenguaje kafkiano, después de largo tiempo, con la intención de desentrañar sus múltiples enigmas bajo la luz del pensamiento de John Locke – en ocasiones también harto misterioso – me ha posibilitado penetrar en la relación-diferencia existente en este caso entre filosofía y literatura. En realidad, fue difícil imaginar un vínculo entre la “Metamorfosis” y el “Ensayo sobre el entendimiento humano”. Con todo, un interrogante se muestra con toda su fuerza en el intento de enfrentar ambas obras con la pretensión de que se vean reflejadas en un mismo espejo. Este interrogante surge justamente por el tipo de imagen que nos desvela el espejo: que manifiesta como si de una verdad aletheica se tratase - en el sentido heideggeriano de la expresión - un horizonte de sentido que ya no pertenece ni a Kafka, ni a Locke, dado que es una manifestación ético-metafísica, donde lo ético corresponde al prurito kafkiano por hacer emerger al “otro”, y lo metafísico al intento lockeano de desenmascarar la realidad humana en su sentido metafísico. Y en este juego ético-metafísico que nos ofrece la imagen, ¿qué papel juega la identidad? Su papel no es otro que ejercer de instancia vehicular en dicho juego, de un polo hacia otro, o lo que es lo mismo, la identidad en ocasiones se nos revela desde el marco ético, y en otras, desde el marco metafísico. Propongo en el presente trabajo establecer cómo en este juego termina superponiéndose la metafísica a la ética, esto es, detrás de toda buena ética ha de subsistir una concepción metafísica del ser humano. Así creo que lo confirma la lectura de
2. La filosofía de fondo en común.
“Cuando Gregor Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto”[1]. Así es como empieza la primera sección de
Vayamos sentando las primeras premisas: tanto para Franz Kafka, como para John Locke, los seres del universo pueden cambiar de sustancia, de apariencia, pero si mantienen conciencia de su estado anterior seguirán siendo ellos mismos. Hagamos hablar de nuevo a John Locke: “Porque, como es un mismo tener conciencia lo que hace que un hombre sea sí mismo para sí mismo, de eso solamente depende la identidad personal, independientemente de que esté adscrito a sólo una sustancia individual, o que pueda continuarse en una sucesión de diversas sustancias”[4]. Aquí no sólo se está afirmando que la mismidad de la conciencia mantiene intacta la mismidad de la identidad personal, sino que además, la identidad personal puede permanecer a lo largo de múltiples reencarnaciones (en términos kafkianos: metamorfosis).
Adentrándonos aún más en la relación entre ambas posturas, literaria y filosófica, podemos esgrimir otro argumento más. Gregor sigue siendo una sustancia que piensa, siente y que es consciente a la vez de ambas dimensiones. Es esto justamente, lo que sostiene Locke, a la hora de afirmar que el sí mismo depende de su tener conciencia: “el sí mismo es esa cosa pensante y consciente (sin que importe de qué sustancia esté formado, ya sea espiritual, material, simple o compuesta) que es sensible o consciente del placer o del dolor, que es capaz de felicidad o de desgracia, y que, por lo tanto, está preocupada de sí misma, hasta los límites a que alcanza ese su tener conciencia”[5]. A la sazón, viene a escribir Kafka: “Sintió por primera vez en esta mañana un bienestar físico: las patitas tenían suelo firme por debajo, obedecían a la perfección, como advirtió con alegría; incluso intentaban transportarle hacia donde él quería; ya creía Gregor que el alivio definitivo de todos sus males se encontraba a su alcance”[6]. En estas dos citas podemos observar la relación en el fondo, aunque obviamente no en la forma, entre ambas posturas. Locke mantiene que la identidad personal del hombre consiste en el tener conciencia, de su dolor y de su placer, en definitiva de su felicidad; como hemos leído, Gregor, ese ser monstruoso, seguía siendo consciente de su problema, es decir, consciente de su pasado como humano y de su presente como bicho, pero al fin y al cabo, seguía siendo el mismo Gregor.
3. Hombre y persona.
Lo dicho en el apartado anterior nos da pie para establecer la diferencia que propone Locke entre hombre y persona. Dos cuestiones se deben resolver respecto a las implicaciones de esta distinción: 1. ¿seguía siendo Gregor un hombre? 2. ¿podríamos decir que era la misma persona? Las respuestas a estas dos cuestiones, que en breve abordaré, son fundamentales, dado que contienen la base metafísica al problema ético que planteábamos en el interrogante inicial, es decir, constituyen el cimiento para la comprensión de la naturaleza humana en función de una relación moral entre identidades.
A la pregunta de si Gregor seguía siendo un hombre – primera pregunta- en el sentido genérico del término, responde Locke negativamente: “yo estimo que no es tan sólo la idea de un ser pensante o racional lo que en el sentir de la mayoría de las personas constituye la idea de un hombre, sino también la idea de un cuerpo formado de cierto modo y unido a ese ser”[7]. Por consiguiente, Gregor Samsa, dejó de ser hombre, porque su cuerpo ya no estaba formado como lo está el de un hombre, que según Locke, se caracteriza por poseer una vida continua y formada, y por estar constituido por una determinada sustancia: la del cuerpo, y dentro de esta categoría, la del cuerpo del hombre. Esta concepción del ser humano será suscrita, como veremos más adelante, por la familia de Gregor: una visión del ser humano como “hombre”- aunque se matizará en la argumentación no como hombre, sino como individuo, como materia - , no como persona. Como hemos visto, “hombre” refiere a unos determinados rasgos visibles que ha de satisfacer cualquier ser que ha de llamarse como tal por dichas características, además de una determinada estructura biológica que determina su evolución como hombre. Sin embargo, el término “persona”[8] nos remite al plano de lo mental, de lo moral, y si se quiere, de lo subjetivo. Un plano que hasta hace pocas décadas estaba reservado como objeto de estudio a la metafísica, o en su defecto a una determinada filosofía moral, no a la psicología como la conocemos hoy.
Pero Locke, conocía un caso realmente extraño. Se trataba de un loro que razonaba y dialogaba como cualquier hombre. El informe de este caso le llegó de una autoridad tal, que no encontraba razones para desconfiar de ella. Es por esto por lo que hubo de diferenciar entre hombre y persona.
Según Locke, la identidad personal, es independiente de la sustancia: “es preciso conceder que si un mismo tener conciencia puede ser transferido de una sustancia pensante a otra sustancia pensante ( como es el caso de Gregor, que siendo bicho, aún piensa), será posible que dos sustancias pensantes (Gregor hombre, y Gregor bicho) puedan constituir una sola persona (…) porque, como el mismo tener conciencia se conservaría, ya fuera en la misma o en diferente sustancia, se conservaría la identidad personal”[9]. Queda claro pues, que desde el planteamiento metafísico de Locke, Gregor Samsa había dejado de ser hombre, pero continuaba siendo persona, respondiendo así a la segunda pregunta con la que iniciábamos esta sección.
De este modo podemos definir al hombre como la unión temporal de cuerpo y conciencia, mientras que la persona depende sólo de que la conciencia siga siendo una y la misma, aunque en diversos tiempos y lugares. Esto es, la persona es aquello que no cambia en el paso de una sustancia a otra, y que hace referencia única y exclusivamente a la mismidad de la conciencia. Por este motivo, Gregor Samsa podría ser Sócrates, siempre y cuando sea consciente de que los hechos y pensamientos que le acontecieron a éste son también los suyos y propiamente los mismos. Por la misma la razón, la criatura monstruosa en que se ha convertido Gregor, es la misma persona que Gregor Samsa-hombre, aunque no el mismo hombre.
Ahora estamos en condiciones de afrontar la problemática en torno a la concepción del hombre que claramente se condena en
4. Ética y metafísica.
A lo largo de la historia de la filosofía hemos asistido a diversas justificaciones del bien o del mal, en pro de una concepción metafísica del universo y del ser humano. Desde Platón, que concebía la realidad que conocemos como mera apariencia, entendiendo la verdadera realidad en sentido idealista, fuera del alcance de los sentidos, hasta Leibniz, que en virtud de su sistema armónico preestablecido, el hombre debía resignarse a formar parte del universo como un punto de fuerza más, entre otros, condicionado por la omnipotencia y omnisciencia de Dios que nos hacía partícipes del mejor de los mundos posibles, justificando así el bien y el mal que acontecía al ser humano. Detengámonos en el caso platónico: al concebirse la realidad conocible por los sentidos como no-real y no-verdadera - la verdadera realidad era objeto sólo de la parte racional del alma – se otorgaba al cuerpo una importancia menor que a las ideas inmutables (la verdadera realidad). En este sentido, la diferencia que establece Platón entre apariencia y realidad, puede funcionar como eje de coordenadas para la tesis que mantiene Kafka en
Comencemos sin más, por unos pasajes de
Inmediatamente, el lector se hace la siguiente pregunta, ¿qué ha ocurrido con Gregor? Para su familia, se ha convertido simple y llanamente en un animal, en un extraño y monstruoso insecto, y como tal lo tratan. Sin embargo, todos sabemos que dentro de ese escarabajo, algo sigue pensando, y este no es otro que el mismo Gregor. Definitivamente, para su familia, Gregor ha dejado de ser Gregor. Perdió su identidad – entiéndase como hombre, no como persona - en el momento en que se convirtió en un repugnante insecto, en una cosa, porque para su familia, en última instancia lo que fue realmente relevante era que su hijo modificó su estado material. ¿Cuál es el problema? ¿ha dejado Gregor de sentir? Filosóficamente hablando, ¿sigue siendo Gregor sujeto moral? , para sus padres y para su hermana, decididamente no. Esto lo muestra el pasaje que acabamos de citar; de cenar: el queso que no le gusta, un cuenco de leche, unos huesos (sobras) impregnados de una salsa extraña, y todo ello servido sobre papel de periódico. Podemos decir que en tanto que animal, la hermana de Gregor tuvo que servir así su comida, ¿pero en qué funda su hermana la decisión de servirle los restos de una comida? Pues en que como animal, será incapaz de reconocer el daño moral que eso significa. Sin embargo, su hermana se equivocaba al considerarle como un mero insecto extraño, porque como hemos visto en otras citas, Gregor continuaba siendo él mismo, en el sentido lockeano: “este tipo de pensamientos, completamente inútiles en su estado actual, eran los que se le pasaban por la cabeza mientras permanecía allí pegado a la puerta y escuchaba”[12].
Ahora bien, de qué modo puede la familia de Gregor justificar el trato que dan a su hijo, dado que ni tan siquiera una vez se han planteado intentar comunicarse con Gregor de una u otra forma. Se hubieran sorprendido, como lo hizo Locke, de que un “loro” pudiera razonar (aunque no mediante el habla). Quizá la solución ante este problema podría haber pasado por la lectura de John Locke, cuando en el capítulo “De los modos del placer y del dolor” de la obra que nos ocupa, escribe: “Por placer y por dolor debe entenderse que me refiero tanto a lo que toca al cuerpo como a la mente, según es común hacer la distinción”[13]. Cabe pues, el dolor del cuerpo, y el dolor de la mente o de la conciencia. El dolor del cuerpo ya lo ha experimentado Gregor, cuando aún seguía teniendo clavada la manzana en la carne, como visible recordatorio de la primera vez que se mostró a su familia. Los agravios morales que recibió de su padre y de su hermana, son ejemplos de dolores mentales, o lo que es lo mismo, daños morales a la dignidad de Gregor. Todo esto, como veremos más adelante, debido a que la familia de Gregor, siguen instalados en el mundo sensible platónico, donde todo muda y cambia, pero tras el cual, se oculta un mundo inteligible, metafísico, cognoscible sólo por la razón. Es en este mundo donde habita, en sentido simbólico, la idea de persona, de la que todos los seres humanos participan.
En resumen, la familia de Gregor tiene una concepción del hombre, que aunque común, no por ello es la más acertada. Al contrario, se trata de una visión del hombre como “individuo” (átomo), que desemboca en una ética amoral. Se dejaron llevar por las apariencias. Entienden que un hombre es un hombre, y que no puede cambiar su fisonomía sin cambiar su mentalidad. En realidad, estaríamos rozando aquí un monismo mental, en el que la mente se reduce al cuerpo, por lo que cuando cambia el cuerpo, cambia la mente. Pero este no era el caso de su hijo. Esta concepción del hombre, que no es metafísica, se funda en la apariencia, definiendo los seres humanos por su aspecto físico, desde una mirada naturalista e ingenua. No es extraño, desde esta perspectiva, que cuanto menos forma humana posea un hombre, más privado se vea de los derechos en términos morales, y se considerará como lo diverso, no como lo idéntico, entendiendo aquí lo idéntico y lo diverso respecto a una forma de ser. Idéntico al resto, diferente (diversidad) al resto. Gregor Samsa era diferente al resto de los que le rodeaban, no era “hombre”, aunque seguía siendo persona. La metáfora del hombre-bicho, empleada en esta obra por Kafka, hay que entenderla de forma metafórica y al mismo tiempo literal.
5. ¿Ética sin metafísica?
Abordemos ahora la pregunta que se explicita en el título de esta sección, y que enlaza con la pregunta inicial del presente trabajo: ¿es posible una ética sin metafísica? ¿determina la concepción ética del hombre el hecho de que su concepción sea o no metafísica? La respuesta que anticipo es afirmativa. Es obvio que la pregunta es demasiado ambiciosa, y desconozco si existe respuesta alguna fiable, pero propongo abordarla ciñéndome al contexto lockeano y por definición, esto es, analizando las diferentes concepciones del ser humano, y viendo cómo detrás de cada uno de ellos se esconde o no, una concepción metafísica del mismo, y a continuación, determinar sus consecuencias éticas.
Como hemos visto, la concepción del ser humano que lleva a cabo Locke, se funda claramente en principios metafísicos, como la trasmigración de ciertas sustancias mentales denominadas conciencias, que es el fundamento de la identidad moral o personal. En el caso de Kafka, la familia Gregor carece de una concepción metafísica del ser humano, y es por esto por lo que se dieron episodios de conductas inmorales sobre la “persona” de Gregor. Precisamente el hecho de que tratasen a su hijo como una cosa más, es síntoma de que están instalados en una posición física respecto a los seres humanos, esto es, una concepción que no va más allá de lo físico, una concepción del hombre por tanto, no-metafísica. La persona es individuo, sujeto y Yo, pero para que un ser humano caiga bajo el ámbito de lo moral, individuo, sujeto y Yo han de articularse desde el ser humano como persona, desde su identidad personal, y desde sus intrínsecas dimensiones: único, relacional y reflexivo, respectivamente. Las razones son las siguientes:
a) Persona e individuo.
Una persona humana es ciertamente un individuo, (átomo, en griego), pues pertenece a una especie y se diferencia de los demás individuos en sus características peculiares, pero un libro también es un individuo, puesto que la individualidad e indivisibilidad no sólo se predica del hombre, sino también de las cosas. Sin embargo, sostener que el hombre es una persona es transitar más allá y afirmar que su singularidad es única, insustituible y no intercambiable, ahí radica el fundamento de su dignidad; precisamente en esto consiste la unicidad de la persona. Cuando en una casa falta un ladrillo, se puede poner otro, pero cuando un hombre desaparece – como en el caso de Gregor – no puede ser sustituido por otro. De ahí que podamos afirmar que una persona no es un individuo simplemente. Vemos así, que concebir al hombre como mero individuo y no como persona-individuo, es concebirlo no metafísicamente, sino como cosa. Es así como la familia Gregor acabó considerando a su hijo, como algo que al cambiar de aspecto, de apariencialidad, deja de ser lo que es. Por consiguiente, no cabe ninguna postura ética respecto a los seres así considerados, dado que su trato será siempre como medio, no como fin (que es donde radica la unicidad, irrepetibilidad y dignidad del ser humano)
b) Persona y sujeto:
Aunque el estructuralismo lo niega, es indudable que la persona es un sujeto. Pero esta posición debe ser matizada, pues los griegos llamaban también “sujeto” a una mesa o a una piedra, con el término “hipokeimenon”. Afirmar que la persona es un sujeto es sostener que se autopone, que subsiste en sí y que se sabe subsistiendo. Pero el sujeto no puede existir sin otros sujetos y sin otros objetos. El sujeto está siempre correlacionado hacia fuera con otro sujeto u objeto. Por tanto, la subjetividad no se encuentra replegada sobre sí, no es algo absoluto y aislado, sino un ser relativo-absoluto, como sostenía Zubiri; y “relativo” aquí no quiere decir superficial, sino relacional. Por eso el hombre es siempre intersubjetividad, y el sujeto originario, en el fontanar de su ser y de su actuar, siempre se autopercibe cabalmente como subjetividad interpelada por otras subjetividades. El hombre pues, no es sujeto si no es intersujeto. El hombre es sujeto porque tiene conciencia de otros, las cosas no. En el caso de la familia de Gregor, cabría también esta concepción del ser humano como sujeto, pero entendida exclusivamente como sustancia que subsiste y que carga con una serie de accidentes, pero no intersujeto. Ahora bien, concebir al hombre como sujeto, en el sentido de intersujeto, supone también el siguiente principio metafísico: la facultad del ser humano para ser capaz de elaborar una filosofía de la mente, es decir, la capacidad de proyectar en los otros seres que le rodean una conciencia idéntica a la de él. Conocido es la problemática que subyace en torno al tema de la intersubjetividad, es decir, el problema de saber si el otro, es o no idéntico a mí, si siente como yo, si piensa...etc. Este principio metafísico no se encuentra en los tres componentes de la familia de Gregor, pues no proyectan sobre él la misma sensación que experimentan en ellos mismos. Así, cabe una ética del ser humano en tanto considerado como sujeto, pero en sentido metafísico, es decir, como intersujeto. El carácter metafísico de este principio consiste en que no es posible conocer la realidad mental del otro sin postular en él la realidad mental que experimento en mí. El lenguaje aquí juega un papel importante a favor de la interpretación del sujeto como persona, dado que sólo a través del lenguaje (relacional) entramos en contacto con la realidad mental del otro hecha palabra, pero, y esto es importante, nunca con la realidad mental del otro.
c) Persona y “YO”.
También una persona es un Yo (ego), el núcleo medular de su autoconciencia, en tanto que funda la identidad personal, lo que Kant denominó la “unidad de la apercepción pura”. Pero nunca existe un Yo aislado de otros Yoes, pues una persona no tiene su fundamento en sí misma – a pesar de lo que afirmase Fichte o Descartes -, sería una especie de Yo “cogitativo” y “primario”, como pretendió Descartes. De nuevo aquí, se cuela otro principio metafísico, a saber, la facultad del entendimiento de percibirse a sí mismo. Esto supone la existencia en el hombre de un Yo, de algo idéntico consigo mismo, de una res cogitans, de una autoconciencia que es pensamiento de pensamiento. Sin embargo, no cabe otra forma de concebir a la persona como siendo a la vez Yo. Esto posibilita la reflexión del hombre sobre sus propios pensamientos e intenciones, en la que cabe como no, una reflexión moral de las propias creencias y principios. Pero obviamente, la familia de Gregor, no fue capaz de imaginar que éste, siendo bicho, pudiera en ninguna medida reflexionar, por ejemplo, sobre su propio estado de ánimo y sobre sus creencias respecto al trato que estaba recibiendo de ellos.
Vemos pues, la concepción del hombre que se hacía explícita en el comportamiento de la familia Gregor: se concibe al hombre como individuo, en el sentido griego, no como persona que se caracterice por su unicidad; como sujeto, entendido como individuo aislado subsistente por sí mismo y con sus peculiaridades, y no como intersujeto; por consiguiente, entienden también al hombre como no-yo, ya que no creen que Gregor sea capaz de reflexionar sobre sus pensamientos.
Tanto individuo, sujeto y Yo, han de fundamentarse como hemos visto en algún principio metafísico, y estos tres significados han de articularse la vez con el de “persona”, que unifica el trío, también en sentido metafísico, pero otorgándole a la vez un carácter ético. Parece evidente pues, que el mensaje kafkiano no hace sino demandar una mirada metafísica hacia al hombre y hace evidente que sin metafísica, las relaciones morales carecen de significado y fundamento. Respondemos así a la pregunta inicial del trabajo y concluyo que sin una visión metafísica del hombre, el sentido ético del mismo, se pierde en el vacío.
“
La metafísica, aunque sea imposible como ciencia – ya lo dijo Kant-, es necesaria moralmente, dado que abre los cauces para fundamentar racionalmente las relaciones entre los hombres; pero esto, claro está, es cuestión de fe en el ser humano considerado como auténtica persona, pues la metafísica, metafísica es.
6. Bibliografía
General:
Díaz, C. Y Maceiras, M: Introducción al personalismo actual. Gredos. Madrid, 1975.
Ferrater Mora, J: Diccionario de filosofía. Ariel Referencia. Barcelona, 2001.
Kafka, F: La metamorfosis y otros relatos. Ed. Cátedra. Madrid, 2002.
Locke, J: Ensayo sobre el entendimiento humano. Fondo de cultura económico, México.
Adicional:
Kafka, F: Carta al padre. Alianza Editorial. Madrid, 2001.
· Los textos empleados y extraídos literalmente están referidos en las notas a pie de página. El resto, ha servido de orientación y fondo filosófico para el ensayo.
[1] Kafka, F: La metamorfosis y otros relatos. Pág. 133. Ed. Cátedra. Madrid, 2002 (9ª edición)
[2] Ibid. Pág. 134-135.
[3] Locke, J: Ensayo sobre el entendimiento humano. Pág. 318. Ed. Fondo de Cultura Económica. México
[4] Ibid. Pág. 319.
[5] Ibid. Pág. 325.
[6] Kafka, F: La metamorfosis y otros relatos. Pág. 148. Ed. Cátedra. Madrid, 2002.
[7] Locke, J: Ensayo sobre el entendimiento humano. Pág. 317. Ed. Fondo de Cultura Económica. México.
[8] Etimológicamente, el término “persona” era utilizado por los griegos para remitirse a las “máscaras” (prosopon) de los personajes que componían el coro en las representaciones teatrales, por lo que podríamos cargarle de un significado de lo sensible o estético, de lo aparente en definitiva. Sin embargo, desde la modernidad la persona se ha venido entendiendo como aquel agente humano que es sujeto de creencias, ideas, costumbres, estructuras a priori (Kant), y sobre todo, como sujeto moral.
[9] Ibid. Pág. 321.
[10] Kafka, F: La metamorfosis y otros relatos. Pág. 150. Ed. Cátedra. Madrid, 2002.
[11] Ibid. Pág. 153-154.
[12] Ibid. Pág.69
[13] Locke, J: Ensayo sobre el entendimiento humano. Pág. 210. Ed. Fondo de Cultura Económica. México.